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22/7/09

La pulpera de Santa Lucía



Fines de la década de 1820. La frase era común entre los jóvenes de lo que era entonces el centro de la ciudad: “Vamos a Barracas; no puede ser que aún no conozcamos a la Rubia del Saladero”. Los muchachos de Barracas, en cambio, nunca la habían pronunciado; ninguno de ellos se había perdido la oportunidad de admirar a la bellísima jovencita.


En la pulpería rodeada de saladeros -de allí el apodo de la muchacha- y cercana al templo de Santa Lucía, ella concitaba las miradas masculinas, mientras resplandecían sus cabellos rubios y sus ojazos celestes, detrás del mostrador de la Pulpería de la Paloma. Pero no todo puede ser completamente bello en la vida; a sus espaldas había un pasado doloroso.


La historia cuenta que, hacia 1835, un unitario apellidado Bustos se vio -al ser perseguido por la mazorca- obligado a huir hacia la Banda Oriental. El hombre -viudo, por entonces-confió a su pequeña hija, Ramona Bustos, al cuidado de su cocinera negra Flora Valderrama. También le dejó algún dinero como para que ambas no pasaran privaciones. Con parte de esa suma -que, evidentemente sería importante-, la mujer estableció aquella pulpería de la Calle Larga de Barracas, que es la actual Montes de Oca.


Poco después, los bienes de Bustos fueron confiscados y Flora -por temor a las persecuciones- cambió el nombre de la pequeña, que a partir de ahora sería Dionisia Valderrama. Con el tiempo, la niña de convirtió en la atractiva adolescente de cabellos rubios y ojos celestes de que hablábamos.


Corrían los día de 1849 cuando, como tantos otros muchachos ávidos por conocer a la célebre blonda, cayó por la pulpería de la Calle Larga un soldado de Lavalle apellidado Miranda, con fama de payador...


En agosto de aquel año, se inició una espantosa degollación de unitarios, y Miranda huyó no sin llevarse a la rubia de la que se había enamorado. Hacia dónde se dirigieron es un misterio; quizás hacia la Banda Oriental, a fin de reunirse con el padre de la muchacha. Al menos, Héctor Pedro Blomberg, en su novelita “La pulpera de Santa Lucía”, dice que rumbearon “hacia la tierra salvadora del Uruguay” y puede ser cierto, más allá de las recreaciones y cambios de nombres de la obra.


A propósito, habían pasado los años y la parda Camila López Camelo le contaba la historia a Blomberg. En 1928 el poeta escribía el poema “La pulpera de Santa Lucía”, que relataba aquellos sucesos. Poco después, esos versos fueron levemente modificados, para convertirse, con música de Enrique Maciel, en el vals de igual título, que se hizo célebre en labios de Ignacio Corsini, a partir de su estreno en Radio Prieto o de su memorable grabación registrada el 22 de abril de 1929.









© Roberto Selles
© Galaxia Porteña Versión para Internet del artículo publicado en Revista Galaxia Porteña Año 1, nro 5, Septiembre de 2004


(Roberto Selles. Investigador del tango, escritor, poeta, traductor)