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22/7/09

El amor y el cuidado de nuestros hijos


¿Qué padre o madre puede decir: Yo amo y cuido a mi hijo como debe ser? La respuesta no sería del todo segura porque queda un pequeño espacio de sombras que nos impide una afirmación sin titubeos.

Es una verdad, que ser padre implica cometer errores, que las respuestas que damos para resolver la educación de nuestros hijos no sean en algunas ocasiones las correctas.

¿Porqué ocurre esto? Para elucidarlo tendríamos primero que plantearnos que es el amor y que es el cuidado.

Para tratar de clarificar el concepto “amor”, tomamos a modo de referencia un mandato bíblico que nos dice “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Es decir que lo que sentimos, deseamos, nos satisface, gozamos y vivimos lo transferimos a otro distinto de nosotros, en este caso a nuestros retoños.

Acá viene el problema, a veces ese amor es tan intenso que el prójimo desaparece. Para ejemplificarlo, podemos decir “cuando yo era chico me gustaba el helado de crema, por lo tanto a mi hijo tiene que gustarle ese sabor”, pero resulta que el nene prefiere el chocolate.

Muchas veces a los padres nos resulta difícil aceptar esa sutil diferencia, esa distancia que constituye al otro y, sin darnos cuenta, exigimos a nuestros hijos que tomen “los helados de crema” que nos gustan a nosotros.

Existe en el cuidado contradicciones culturales o de arraigo familiar: “la sopa hace crecer fuertes sanos los chicos que la toman”; como una imposición generacional, un mandato de repetición, les obligamos a consumirla, aún cuando recordamos que a esa edad la odiábamos y que hoy podemos discutir su valor nutricional.

La pretensión de ser perfectos el nos lleva a elegir conductas por encima de las que deberían ser.

Estamos así en un desafío constante y quizás irresoluble en esta época. Porque los cambios de modo cultural de pensar, vivir y sentir los hechos son vertiginosos y, no dan tiempos para su reflexión y análisis.

Cabe agregar que a veces, se produce un desplazamiento de la atención que le corresponde a los vástagos, a causa del tiempo que las tareas laborales de los padres, la satisfacción de las demandas materiales y otras que cargan la economía en desmedro de la que tendría que volcarse en los hijos. La consecuencia es una supuesta desatención, papá y mamá son reemplazados por abuelos, tíos, amigos, instituciones. Esto produce una desarticulación de la relación, por la cual son los otros quienes cuidan de nuestros hijos y nos sentimos culpables.

Son el diálogo y la reflexión los únicos elementos que nos pueden prevenir de los malos entendidos entre una y otra generación, en el amor y el cuidado.